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viernes, 12 de diciembre de 2008

Información, vigilancia y control social

Nuestro amo juega al esclavo
De esta tierra que es una herida
Que se abre todos los días
A pura muerte, a todo gramo.
Violencia es mentir.

Carlos Solari (Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota)

Información, vigilancia y control social han sido y son grandes preocupaciones en el ámbito de la sociología y la comunicación. Y con el advenimiento de las nuevas tecnologías que han revolucionado al mundo, además, son protagonistas de algunas cuestiones que podríamos catalogar de paradójicas.

En un artículo de Le Mondé de septiembre de este año[1], Jean Marc Manach cuenta cómo, hasta los mismísimos hackers, otrora paradigma de ideales contraculturales y libertarios (por eso sus ingeniosas intervenciones en encriptados sistemas que ellos conseguían vulnerar, sólo por el placer de hacerlo) no escaparon a la vigilancia y el control. Es que, según relata en su nota el mencionado periodista francés, el primer grupo de hackers organizado de ese país, el CHaos Computer Club, en verdad había sido secretamente creado por la Dirección de Vigilancia del Territorio con el objeto de tratar de identificar a los hackers que podrían perjudicar al país o, extrañamente, servirlo. En relación a esto conviene no olvidar que, a diferencia de otras tecnologías que nacen al calor de las necesidades de abrir nuevos mercados, Internet fue durante muchos años un proyecto, y una realidad, no comercial sino fundamentalmente militar. Resulta verdaderamente increíble que estos genios de la informática, que con sus conocimientos no solamente cometían “travesuras” entrando en los sistemas de las computadoras más inexpugnables, sino que además fueron parte de muchas de las innovaciones que dieron lugar al desarrollo de Internet, hayan sido a su vez “jaqueados”. Pero nada de esto es casual, claro. Y creo que de algún modo se relaciona con lo que Foucault llama “nuevo orden interior”[2] . Esto es, el tipo de estrategia de poder que caracteriza a un Estado mediante el cual hay una especie de “desinversión” ya que se pretende economizar el ejercicio del poder, sin ejercer una disciplina exhaustiva (como de hecho fue desde el nacimiento de los gobiernos modernos) sobre cada uno de los individuos. Y la característica principal de este tipo de Estado es la “localización de zonas vulnerables en las que el Estado no quiere que suceda absolutamente nada”. Creo que esto es más que suficiente para probar lo que el Estado francés, y otros de su mismo estilo, han hecho y hacen para procurar “neutralizar” fenómenos como este de los hackers. Este modo de inspección constante y omnipresente es “una especie de movilización permanente de los conocimientos del Estado sobre los individuos”.

Podemos comprobar a cada paso en nuestro diario devenir cómo vigilancia y control social se encuentran estrechamente ligados. Claro está que la “sociedad de la vigilancia” es anterior a la instalación de las nuevas tecnologías, con el registro de datos por parte de organizaciones burocráticas y empresas. Pero su consolidación a través de la técnica es cada vez más notable y, sobre todo, es interesante pensar que la vigilancia de la que hablamos no es únicamente una cuestión de burocracia, sino que tiene una relación directa con la adaptación al control social vigente. Existe en gran parte de la población una especie de “naturalización” de los controles, tanto, que a veces no los sentimos como tales. Minuciosas recopilaciones de referencias a nuestras vidas se recogen, almacenan y procesan en bases de datos informáticas pertenecientes a grandes compañías y departamentos de gobierno. Tal vez porque esos mismos sistemas que nos vigilan son los encargados de garantizar pagos o beneficios sociales, de contener el terrorismo y el narcotráfico, de que podamos votar en las elecciones, etc. es que hay una falta de resistencia y hasta una total aceptación de la vigilancia. Un amplio sector de la población de las sociedades modernas consideran que todo lo mencionado forma parte de logros que contribuyen de modo positivo a la calidad de vida. Para el funcionamiento de lo que Foucault denomina nuevo orden interior es fundamental la constitución de un consenso. La idea es que esa anuencia se logre a través de controles, coerciones e incitaciones a través de los medios de comunicación masiva sin que sea necesaria una intervención directa de las formas de poder institucionalizadas, para evitar el desgaste y ahorrar recursos. Esto resulta en una “autorregulación” que logra que el orden social se autoengendre, se reproduzca y se autovigile, con un supuesto repliegue del poder que en realidad no es tal. Algunos analistas consideran que “la fuerza dominante del control social” es el consumo[3]. Tanto en la obra Un mundo feliz de Aldoux Huxley como en el filme Equilibrium dirigido por Kurt Wimmer se trata de lograr seres conformes al sistema a través de una droga, en lugar de procurar su sumisión como con la orweliana figura del Gran Hermano[4]. Según el análisis de Shearing y Stenning, y en paralelo a estos metafóricos ejemplos de la literatura y el cine, en la sociedad de hoy se intenta el consentimiento y sometimiento al control social por medio de “los placeres del consumo de los bienes que el poder corporativo puede ofrecer”. Resulta curioso cómo reaccionan algunas personas ante la simple decisión de algún ciudadano de la sociedad de consumo de no tener, por ejemplo, teléfono celular. Para entender este punto, resulta esclarecedor el pensamiento de Herbert Marcuse, para quien “…la cultura industrial avanzada es, en un sentido específico, más ideológica que su predecesora, en tanto que la ideología se encuentra hoy en el propio proceso de producción…” “…el irresistible rendimiento de la industria de las diversiones y de la información llevan consigo hábitos y actitudes prescritas, ciertas reacciones emocionales e intelectuales que vinculan de forma más o menos agradable los consumidores a los productores y, a través de éstos, a la totalidad…” “…Y a medida que estos productos útiles son asequibles a más individuos en más clases sociales, el adoctrinamiento que llevan a cabo deja de ser publicidad: se convierten en modo de vida…”[5]. Y quien se encuentre por fuera de alguna de las preferencias del común de la gente, es incomprendido por “raro”. Creo que esto resume rotundamente lo que sucede con el consumo como fuerza dominante del control social, aplicable a muchos productos, pero notoriamente reflejado en el fenómeno que se ha provocado en torno a la telefonía celular en los últimos años.

Figurar en bases de datos y diferentes registros, por otra parte, significa además estar sujeto a ser el “blanco” de la publicidad forzada como potencial cliente a través del teléfono o del correo electrónico. Lo que se logra con esto es que otro de los objetivos de la sociedad actual quede cumplido: tratar de vender y consumir todo cuanto sea posible y a través de todos los medios con los que se pueda contar.

Del mismo modo Anthony Giddens[6] ve al control estatal como enraizado en cuatro aspectos esenciales. En primer lugar la existencia de un estado-vigilancia que implica la acumulación y almacenamiento de información acerca de la población como por ejemplo nacimientos y defunciones, salud, matrimonios, etc. o el monitoreo directo o indirecto de instituciones (empresas, cárceles), grupos (religiosos, sin fines de lucro, políticos) e individuos. Además la creación de un grupo de individuos dedicado al funcionamiento del estado, que no esté directamente involucrado con la producción y que no haga uso de los recursos del estado para ganancia personal. También resalta la habilidad de influenciar a la gente ideológicamente a través de la escolarización y los medios masivos de comunicación. Por último, el desarrollo del poder militar, que directa o indirectamente respalde las estructuras administrativas y legales existentes a través de la amenaza del uso de la violencia.

En el mismo sentido es interesante tener en cuenta a la vigilancia como generadora de poder en sí misma. Está claro que no debe ser considerada únicamente como un reflejo del capitalismo “industrial”, a través del control de los trabajadores fabriles o del estado-nación con el registro de fichas administrativas de los ciudadanos. La vigilancia como productora de poder puede resumirse, en la actualidad, desde la llamada sociedad de la información, en la imagen foucaultiana del panóptico como ejemplo de vigilancia electrónica. Podría sostenerse que una vez que determinada información referente a cada uno de nosotros ingresa en una base de datos informática quedamos a merced de un sistema de dominación desde el cual somos observados, y que poco puede hacerse ante semejante poder omnicomprensivo. Reside en esta idea un modelo de poder más allá de lo militar, de las torturas y de cualquier forma de castigo e implica una disciplina normalizadora, con una visibilidad extrema de los sujetos y la imposibilidad de verificar desde dónde y a partir de quién o de qué se es observado. Atrás quedaron los controles y constricciones impuestas por la fuerza. En las sociedades modernas los castigos públicos ejemplificadotes de antaño han sido reemplazados por prácticas disciplinarias que van desde el entrenamiento militar hasta el uso de guardapolvo escolar, garantizando así el control social.

Una de las prácticas más habituales de ese control en nuestra sociedad es la manera en que se disciplina a las mujeres para actuar de modo “femenino” en un mundo regido por hombres. Tanto el punto de vista del feminismo como el análisis hecho por Foucault al respecto, identifican al cuerpo como lugar de poder, es decir, como el sitio de dominación a través del cual se consuma la docilidad y se constituye la subjetividad.[7] Y en esta acción “modeladora” los medios de comunicación social, en particular la publicidad, con su “ritualización de la feminidad”[8] juegan un rol esencial. En los anuncios generalmente vemos retratada a una mujer que no sólo tiene cuidado en su exposición ante los hombres, sino también ante la mirada de otras mujeres. Mediante estas ideas-fuerza se instalan y perpetúan determinados estereotipos que garantizan el “normal” funcionamiento del sistema. Se refuerza, de este modo, la postura hegemónica a través de mecanismos de consenso y adoctrinamiento pasivo, es decir, por medio del consenso, no de la coerción. Esto permite la internalización de ciertas normas como corrientes a partir la producción de modelos y fotógrafos que “no tiene nada de extraordinario a los ojos de quienes los miran, sino que es algo naturalísimo”. Y forma parte del complejo entramado de relaciones sociales que se establecen, el modo en que miramos a los otros, y el modo en que no miramos y definimos a nosotros mismos.

Por último, quisiera rescatar algo vivenciado durante el proceso de producción y escritura de éstas líneas. Tiene que ver con los tres puntos planteados desde el comienzo: información, vigilancia y control social. Esta semana se premió desde una publicación de espectáculos perteneciente al mayor grupo multimedia de Argentina al actor Diego Capusotto y su programa “Peter Capusotto y sus videos”. Si bien este programa se transmite por un canal de televisión abierta, es muy claro que se trata de una producción de bajo presupuesto y, aunque de cierta popularidad, con una temática crítica y un lenguaje cómico alternativo. En cuanto a su protagonista, es un artista proveniente de sectores del arte poco convencional, que ha hecho de la sátira a personajes y hechos de nuestra sociedad una carrera. Mientras daba forma a mi trabajo, este suceso “se metió” de algún modo en la discusión que yo pretendía llevar a cabo y me hizo pensar en cómo, una obra de “los márgenes” puede ser cooptada por el sistema a partir de algo tan halagador como un premio. Me preguntaba si este no es un modo de disciplinar a ciertos sectores, procurando, si se quiere, vaciarlos de contenido, a través de su “institucionalización” e incorporación con el resto de los entretenimientos del establishment. En realidad se trata del vacío de ciertos significantes con fines políticos[9]. Algo que también podemos observar en fenómenos como la proliferación de imágenes del paradigmático líder revolucionario Ernesto “Che” Guevara, convertido en remera, mochila y tapa de carpeta escolar. O el haber transformado en moda la utilización de “dreadlocks”, peinado de la cultura rastafari (y con orígenes aún más remotos en pueblos del África) originalmente nacido como modo de reacción al sistema. Otro paradigma de la contracultura, en este caso proveniente del punk, es el uso de alfileres y tachas que representaban la pertenencia a un sector marginal de la sociedad británica. En la actualidad son vendidos en bonitos locales en los centros comerciales más importantes. Todas estas manifestaciones de ciertos “márgenes” de la sociedad desde los cuales se ejerce una resistencia a las imposiciones del sistema, terminan muchas veces formando parte de la oferta del consumo, con una aparente libertad de elegir, en donde “…La amplitud de la selección abierta a un individuo no es factor decisivo para determinar el grado de libertad humana, pero sí lo es lo que se puede escoger y lo que es escogido por el individuo. El criterio para la selección no puede nunca ser absoluto, pero tampoco es del todo relativo. La libre elección de amos no suprime ni a los amos ni a los esclavos. Escoger libremente entre una amplia variedad de bienes y servicios no significa libertad si estos bienes y servicios sostienen controles sociales sobre una vida de esfuerzo y de temor, es decir, si sostienen la alienación”. Una de las tantas paradojas que encierran los temas de la información, vigilancia y control social podría resumirse en la frase cada vez más repetida en los lugares de nuestro hacer cotidiano, al amparo de la proliferación de cámaras de seguridad: Sonría, lo estamos filmando.



[1] Jean Marc Manach Los resistentes de la informática-Hackers en Le Mondé Diplomatique – Edición Cono Sur, Set 2008.

[2] *Foucault, Michel; "Nuevo orden interior y control social" en Saber y verdad; La Piqueta, Madrid, 1995.

[3] Clifford Shearing y Philip Stenning. “From the Panopticon to Disneyworld: the development of Discipline”, en A. Doob y E. L. Greenspan (eds):

[4] Orwell, George. 1984, Bs. As., Destino, 2001 [1948]

[5] Marcuse, Herbert. Las nuevas formas de control Cap I, en En: El hombre unidimensional. Ensayo sobre la ideología de la sociedad industrial avanzada, Barcelona, Planeta, 1993 [1954]*.

[6] Giddens, Anthony. The Nation-State and Violence Cambridge: Polity/Blackwell, 1985

[7] Diamond, I. & Quinby, L. (eds)Feminism & Foucault: Reflections on Resistance (1988)

[8]Goffman, Erving, “La ritualización de la femineidad”. En: Winkin, Yves (Comp.), Los mome[1][2][3][4] Orwell, George. 1984, Bs. As., Destino, 2001 [1948][5][6] Giddens, Anthony. The Nation-State and Violence Cambridge: Polity/Blackwell,1985[7][8]Goffman, Erving, “La ritualización de la femineidad”. En: Winkin, Yves (Comp.), Los ntos y los hombres, Barcelona, Paidós, 1991.

[9] Laclau, Ernesto. ¿Por qué los significantes vacíos son importantes para la política? en Emancipación y diferencia, Ariel, Buenos Aires 1996.

viernes, 27 de junio de 2008

ENSAYO: Cómo llegar a hacerse escritor y no morir en el intento

La llegada de alguien al mundo de la escritura está precedida por intrincados caminos y el modo de cada cual es verdaderamente misterioso. Esto tiene que ver con las características de la vida y la personalidad de cada escritor. Por otra parte, hasta existe un cierto prurito por parte de muchos (entre quienes me incluyo) de nombrarse a sí mismos como “escritor”. Asumirse como tal se relaciona, además, con la recepción que la sociedad de cada época haga del eventual literato. También vale la pena pensar hasta qué punto muchos pretenden “hacerse escritor” y se lo plantean como meta, mientras otros desean simplemente escribir. Marguerite Duras lo explicó desde una simple perspectiva con este juego de palabras: “Escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribiésemos”.

Una de las cuestiones centrales en este camino es la experiencia de vida, qué se vive y cómo. Pero por sobre todo qué observación se hace de esa experiencia. Claro que no hay reglas en esto. En el caso del escritor Raymond Carver, él sintió en un momento dado que su vida, llena de las pequeñeces cotidianas de ser padre y hacer las tareas diarias, era muy distinta de la imagen que él tenía de los escritores: “En ese momento sentí –supe- que la vida que llevaba era muy diferente a las vidas de quienes más admiraba. Entendía que los escritores no eran personas que pasaran sus sábados en la lavandería y todos los momentos de vigilia sujetos a las necesidades y caprichos de sus hijos” [1]. Tal vez su apreciación de lo que era un escritor estaba viciada por una imagen más bien idílica, y seguramente algunos viven el proceso de dedicar “su vida” a la escritura como algo tortuoso. La prueba está en que luego lo hizo. Bien distinto es el caso de Truman Capote, a quien parecía no importarle nada cómo era la vida de los demás, sino que gestó su propio camino, muy temprano y casi sin darse cuenta: “Empecé a escribir cuando tenía ocho años: de improviso, sin inspirarme en ejemplo alguno. No conocía a nadie que escribiese y a poca gente que leyese. Pero el caso era que sólo me interesaban cuatro cosas: leer libros, ir al cine, bailar zapateado y hacer dibujos.” [2] Capote fue más allá de la academia, y maravilla comprobar que el temprano camino que eligió fue por cierto íntimo y solitario. Llegó al punto de descuidar sus tareas escolares en favor de la literatura que tanto lo perturbaba: “En realidad, jamás hice los ejercicios del colegio. Mis tareas literarias me tenían enteramente ocupado: el aprendizaje en el altar de la técnica, de la destreza; las diabólicas complejidades de dividir los párrafos, la puntuación, el empleo del diálogo…”. Lo del autor de A sangre fría es verdaderamente un caso extremo, ya que sentía que su vocación en cierto modo lo esclavizaba, revelando a la vez un goce y una tortura: “Entonces, un día comencé a escribir, sin saber que me había encadenado de por vida a un noble pero implacable amo. Cuando Dios le entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse.” Evidentemente, la manera en la que él nació como escritor es hija de una obsesión. Esta idea de sentir la irrefrenable necesidad de escribir siempre me pareció lejana y ajena. Y fue causal de una íntima indagación para saber si realmente me interesaba dedicarme a la escritura, ya que siempre disfruté de hacerlo pero no como práctica compulsiva. Y pude comprobar con regocijo, que aún algunos de mis más admirados escritores llegaron a esa tarea de un modo mucho más natural y menos obsesivo. Tal el caso de Rodolfo Walsh: “Mi vocación se despertó tempranamente: a los ocho años decidí ser aviador. Por una de esas confusiones, el que la cumplió fue mi hermano. Supongo que a partir de ahí me quedé sin vocación y tuve muchos oficios. El más espectacular: limpiador de ventanas; el más humillante: lavacopas; el más burgués: comerciante de antigüedades; el más secreto: criptógrafo en Cuba.” (…) “En 1964 decidí que de todos mis oficios terrestres, el violento oficio de escritor era el que más me convenía. Pero no veo en eso una determinación mística. En realidad, he sido traído y llevado por los tiempos; podría haber sido cualquier cosa, aun ahora hay momentos en que me siento disponible para cualquier aventura, para empezar de nuevo, como tantas veces.”[3]

Muchos han llegado al mundo de la literatura a través del periodismo y llevados por una necesidad económica. Sucede que en otros tiempos, entrar en medios de prensa no se hacía tan difícil y podía representar un ingreso digno. Esto no significa que todo aquel que trabajase en una publicación entrara en la literatura, pero hay casos paradigmáticos que han hecho recorridos muy interesantes. Sólo por nombrar dos escritores del Río de la Plata que han tenido como punto de partida la escritura periodística, quisiera citar a Roberto Arlt y Eduardo Galeano.

Pero volviendo a Capote y Walsh, la relación prensa-literatura se dio de modo diferente en cada uno. Para el primero, la escritura periodística no representaba (o al menos no lo era centralmente) su sustento, sino otra de sus obsesiones. Así lo describió él mismo: “Durante varios años me sentí cada vez más atraído hacia el periodismo como forma artística en sí misma (…) el periodismo como arte era un campo casi virgen, por la sencilla razón de que muy pocos artistas literarios han escrito alguna vez periodismo narrativo, y cuando lo han hecho, ha cobrado la forma de ensayos de viaje o de autobiografías”[4]. Algo que los unió sin saber, fue que ambos exploraron más allá de los límites de la academia y lograron algo único uniendo periodismo y literatura para siempre. En Estados Unidos, Capote, Mailer y Wolfe comenzaron con el denominado Nuevo Periodismo. Este inicio estadounidense tiene que ver con la proyección internacional de los escritores en ese país, pero en realidad ocho años antes de la aparición de A sangre fría (obra paradigmática de la no ficción, 1966), Rodolfo Walsh ya había publicado Operación Masacre en Buenos Aires en 1958.[5] En este “hacerse escritor”, estos fabulosos innovadores, parieron obras que cambiarían para siempre el rumbo de la literatura universal. Sobre esto, Capote diría:”…quería realizar una novela periodística, algo a gran escala que tuviera la credibilidad de los hechos, la inmediatez del cine, la hondura y libertad de la prosa, y la precisión de la poesía. No fue hasta 1959 cuando algún misterioso instinto me orientó hacia el tema —un oscuro caso de asesinato en una apartada zona de Kansas—, y no fue hasta 1966 cuando pude publicar el resultado, A sangre fría”.

En cuanto a Walsh, tanto el periodismo como su tarea de cuentista, fueron sufriendo un proceso de lenta metamorfosis y se convirtieron en una militancia y un modo de vivir. En referencia a su serie de cuentos Irlandeses, señaló:”…hay una evolución en los cuentos; aquí, en este cuento (se refiere a Un oscuro día de justicia) se empieza a hablar del pueblo y de sus expectativas de salvación representadas por un héroe, (…) creo que la clave de la iluminación, de la comprensión sobre la relación política de este caso entre el pueblo, por un lado, y sus héroes, por el otro, está en el final, cuando dice “...mientras Malcolm se doblaba tras una mueca de sorpresa y de dolor, el pueblo aprendió...”, y después, más adelante, (…) cuando dice “...el pueblo aprendió que estaba solo y que debía pelear por sí mismo y que de su propia entraña sacaría los medios, el silencio, la astucia y la fuerza...”. Creo que ese es el pronunciamiento más político de toda la serie de los cuentos y muy aplicable a situaciones muy concretas nuestras: concretamente al peronismo e inclusive a las expectativas revolucionarias que aquí se despertaban o se despertaron con respecto a los héroes revolucionarios, inclusive con respecto al Che Guevara, que murió en esos días…”. [6] En la evolución de Walsh, en su tránsito para convertirse en el escritor que muchos admiramos, Operación Masacre significó un quiebre, marcó un antes y un después no solamente en el panorama literario (inaugurando la “no ficción”) sino en su propia vida, que es un poco lo que pretendo rescatar en este trabajo. Con respecto a esto dijo: “Operación masacre cambió mi vida. Haciéndola descubrí que, además de mis perplejidades íntimas, existía un amenazante mundo exterior”. Su vida de escritor, signada por una toma de conciencia, no se trataba de un simple medio de sustento económico ni un sitio en el mundo del arte, era mucho más que eso, como lo revelan sus propias palabras:”…hasta que te das cuenta de que tenés un arma: la máquina de escribir. Según cómo la manejás es un abanico o es una pistola…” [7] . No existía en él la obsesión de Capote, su transformación estaba alejada de complejidades formales, era mucho más natural. Rescato esta idea en las palabras de uno de sus colegas, Rogelio García Lupo: “Walsh no podía escribir de otra manera que como lo hizo siempre, extraordinariamente bien, pero no redactó sus artículos de prensa pensando que estaba labrando una obra literaria”.[8]

Originalmente el hecho de escribir consistía más en copiar, transcribir y crear documentos con fines primordialmente económicos, legales y de registro, con la necesidad de mantener el mito en algo más tangible que la propia voz de los receptores y/o transmisores. Hoy, sin embargo, el oficio ha adquirido tanto prestigio ya que se vincula directamente con la autoría, con la creación, con el dominio de las ideas. Decidirse a escribir es meterse en un espacio peligroso, porque se entra en un oscuro túnel sin final, porque jamás se llega a la dicha plena, nunca se llega a escribir la obra perfecta o genial, y eso produce una gran desazón. No es obligación estudiar una carrera para ser escritor, y no se necesita tener una formación académica o una licenciatura para ejercer tal o cual rama de la escritura. Misterio y soledad son dos componentes comunes en el “hacerse escritor” de muchos, consagrados o anónimos.



[1] Carver, Raymond. La vida de mi padre-Cinco ensayos y una meditación. Fuegos (pág. 66)

[2] Capote, Truman. Música para Camaleones. Prefacio (pág. 2)

[3] Walsh, Rodolfo. Rodolfo Walsh por Rodólf Fowólsh

[4] Capote, Truman. Música para Camaleones. Prefacio (pág. 3)

[5] Ana María Amar Sánchez, El género de no ficción: un campo problemático

[6] Walsh entrevistado por Ricardo Piglia. Enero de 1973

[7] Walsh entrevistado por Ricardo Piglia. Enero de 1973

[8] Rogelio García Lupo, en El violento oficio de escribir de Rodolfo Walsh, Prólogo.

jueves, 26 de junio de 2008

Diario de escritor: Ensayo

La elección en el tema para un ensayo creo que tiene que ver con alguna preocupación, algo que nos interesa y sobre lo que nos preguntamos cosas. En mi caso el germen estuvo en la nota de lector de Música para Camaleones de Capote, en donde el escritor relata, entre otras cosas, cómo fue su proceso para llegar a serlo y otras vicisitudes. Estuve dando vueltas sabiendo que de allí partiría, pero sin poder definir el tema completamente, hasta que tomó forma en clase cuando leí en voz alta mi nota de lector. En verdad me di cuenta que el tema había estado siempre ahí, solamente me faltaba “verlo desde fuera” y creo que finalmente sucedió el surgimiento cuando lo comenté para otros.

Lo más básico que me surge en la escritura del ensayo es la lectura previa y durante el proceso. Esto puede suceder escribiendo otro tipo de cosas, claro, pero siento que en el ensayo se impone. Y en realidad creo que no es caprichoso que hayamos hecho el ensayo en último término ya que hubo que “masticar mucho” durante el cuatrimestre y tanto las reflexiones como las notas de lector han desembocada casi “naturalmente” en nuestros ensayos. Elijo para mi ensayo ese tono de primera persona del que habla Flusser, estoy implicada en esto de escribir. No es casual que haya elegido Comunicación Social, en realidad con los talleres de Prensa y de Escritura vi justificada mi cursada de todos estos años. Lo que es más, la pregunta por cómo llegar a escribir también me involucra.

domingo, 22 de junio de 2008

Nota de lector: Los oficios terrestres-Rodolfo Walsh

Mientras leía pensaba que éste, como otros de los cuentos irlandeses, puede leerse como un narración independiente, pero que se disfruta mucho más si uno ya tuvo la experiencia de haber entrado en el mundo de Walsh. Que a su vez contiene varios mundos, éste en particular es el de la vida del internado católico para irlandeses en el que alguna vez estuvo el autor. Así que, en parte, es autobiográfico. Pero Walsh juega con nosotros los lectores, siembra pistas falsas al comienzo al relatar ese día de júbilo para los chicos del internado, cuando reciben la visita de las benefactoras de la Sociedad de Damas de San José. Relato adentro y ya por el final, en cambio, nos damos cuenta que, en realidad, se trata de la “mini epopeya” de Dashwood, uno de los personajes del lugar. Este niño como de ocho o nueve años, curtido por los “oficios terrestres”, pero chiquito, decide alejarse de la intensa labor y de la humillación, y emprende una especie de viaje de regreso al útero materno. La sensación de liberación y solidaridad de la última parte, cuando el mítico “Gato” se apiada de él (justo el Gato, el más resentido y rebelde entre los rebeldes) y le da unas monedas para que emprenda su huida, está magistralmente narrada por Walsh. Ese último tramo que recorren los dos internos cargando un cajón de basura (el último de los oficios terrestres de Dashwood), es toda una metáfora de los trabajos y la descripción de un verdadero vía crucis atravesado por los dos chicos hasta el camino de la “salvación” encarado por el más pequeño. Así es que el relato queda dividido entre el abismo que presenta esa primera parte de pura fiesta y regocijo con la visita de las damas que contrasta dramáticamente con la dura labor que les depara a los chicos, que tendrán el doble de trabajo tras el festín.

Me identifiqué (salvando todos los abismos entre su escritura y la mía) con Walsh en su elección de narrar siendo hombre desde la óptica del niño, tarea que “procuré” (espero haberlo logrado) en mi narración de una imagen onírica.

En comparación con “Fotos”, se advierte una mayor linealidad en el modo que eligió escribir, más al estilo del cuento tradicional. Aunque hace gala de algunos recursos como por ejemplo cuando cita los dichos del obispo y lo interrumpe (utilizando simplemente una coma) y queda inmersa en las descripciones de la situación: “-Bueno, muchachos –dijo-, me alegra comprobar que tienen estómagos tan capaces, y solamente espero que no sea necesario usar la sal inglesa que guardamos en la enfermería,

detonando una enorme explosión de risa

-cosa que sería de mal gusto,

renovada en círculos de incontrolable camaradería, espasmódicos movimientos de pura alegría física que arrancaron lágrimas a los ojos de los más emocionados.” A lo que me refiero es a ese “ir y venir” que muestra con lo que dice el anciano y los comentarios de la escena que él intercala.

El lenguaje ingenioso está al servicio de narrar las imágenes más íntimamente comprometidas, haciendo que no resulten desagradables. Como cuando describe esa especie de “masturbación colectiva” dedicada a las damas, toda la escena está apenas sugerida y sin embargo es muy clara. Aunque también hace uso de metáforas de una gran belleza para describir las cosas más simples, como una jugada en el partido de fútbol o cuando habla del prelado Usher y dice: “dicho lo cual viró con la majestad de un viejo galeón y se fue viento en popa…”, utilizando el lenguaje marino para un simple movimiento de un personaje. A lo largo de toda la narración menciona al colectivo de los internados como “el pueblo” Con dureza presenta las dos caras de ese internado, entre la gente destinada a los “oficios divinos” y los chicos con sus “oficios terrestres”: la buena vida de los sacerdotes al hablar de “las manos anilladas y manicuradas sobre el vasto vientre” de uno de ellos, y la durísima realidad de los muchachos del internado, patentizada en la descripción del estado de las manos de Dashwood “Y ahora Dashwood sintió desgarrarse lentamente, como una tela podrida, la piel de los dedos atacados de sabañones que ni el agua caliente en la enfermería ni el jugo de cáscara de mandarina en los rituales secretos de la comunidad habían podido curar”. Serían innumerables las imágenes, pero quiero destacar un último juego cuando dice que el Gato comienza a silbar la marcha de San Lorenzo e inicia el párrafo siguiente diciendo: “Tras los muros del histórico colegio…” en clara alusión a una de sus estrofas aquí parafraseada.

jueves, 19 de junio de 2008

Texto narrativo: Imagen onírica

Soledad

Es la tardecita, no registro exactamente la hora ya que no llevo reloj y, por otra parte, los tiempos de los relojes no son importantes para una niña de diez años. Pero es definitivamente “la hora de la leche”, es decir, el momento de la tarde en que vuelvo a casa. Esté donde esté, siempre interrumpo cualquier juego o tarea porque es entonces cuando comienza el sagrado ritual de la merienda, y si no vuelvo espontáneamente resonará el estridente grito de mi madre en el barrio: “la leeecheee”. Camino hacia mi casa, y sin embargo no reconozco exactamente el lugar, siento que es mi barrio, pero en realidad es un lugar con menos casas, más rural.

Cuando llego me sucede otra cosa realmente rara. Busco la puerta de entrada y no la encuentro. Entonces decido asomarme por la ventana del frente y veo que en la cocina está mi mamá, aparentemente preparando algo que me parece es la leche, pero también se ven ollas y verduras que deben ser de seguro para hacer la cena. “Bueno listo”, me digo, “simplemente es cuestión de golpear la ventana y hacerle señas a mi mamá para que me abra”. En vano pego saltitos y sacudo mi mano para un lado y para otro, mi mamá no me ve, está muy ocupada, pero creí que me vería, ufa. No hay caso, salto una vez más (me cuesta llegar a estar visible por mi escasa estatura) y noto que mi mamá ya no está, debe haber cambiado de cuarto.

Así que me dispongo a ir hacia otra ventana para probar mejor suerte. Me inquieto un poco ya que pasa el tiempo y empieza a refrescar. Pero no me desanimo y me acerco al cuarto de mi hermano, ay, menos mal, salto y lo veo, está ahí. Pero ya me cansa esto de andar brincando, entonces decido buscar algo para subirme y poder ser vista más cómodamente. Voy para el jardín a ver si veo alguno de los troncos del árbol que papá tuvo que cortar la semana pasada, qué pena, se secó. Pero, qué grande se me presenta el jardín, ¿por qué tengo la sensación de que no termino nunca de recorrerlo?, bueno, pienso que debe ser por la impaciencia de querer entrar y no poder. Además ya estoy teniendo un poco de hambre. Por suerte me acuerdo que tengo un bocadito de chocolate y dulce de leche que me sobró. Lo había llevado a casa de mi amiga Martina, tenía tres, uno para ella, otro para mí y un tercero para su hermano Julián. Pero cuando la mamá me dijo que él estaba jugando al fútbol en la canchita, no dije nada y conservé el dulce tesoro. Al cual honro en este mismo acto, saboreándolo como si fuese el más exquisito de los manjares, y por un rato distraigo a mi panza que ya empieza a rechinar por la falta de merienda.

Finalmente, y ya que el tronco que buscaba no está, me regocijo al ver unos ladrillos en un rinconcito, al lado de la parrilla. Llevo tres y los ubico junto a la ventana pegadito a la pared. Subo, contenta por haber podido lograr la pequeña hazaña. No puedo creer mi mala suerte. Después de haber trabajado tanto para conseguir que mi hermano me viese, compruebo a través de la ventana con gran desilusión que está dormido, y es inútil llamarlo desde acá afuera porque el muchacho es de sueño muy pesado.

Está oscureciendo, no me gusta estar sola afuera a esta hora. ¿Y nadie sale de casa, ni siquiera mi perro pide permiso para salir y que yo pueda correr a la puerta y entrar a mi “hogar dulce hogar”?. En fin, no es momento para lamentarse sino para tomar decisiones, y todavía me queda una ventana para pedir ayuda. Desde ya traslado los ladrillos-escalón que usé antes, para poder asomarme y ser advertida por algún alma caritativa que se apiade de mí y me abra. En el comedor está mi abuela María tejiendo, la televisión está encendida pero ella no está mirando. Su atención visual está completamente puesta al servicio de su tejido, siempre es así, antes tejía casi sin mirar, pero ahora “estoy grande” dice, entonces no despega sus ojos de la tarea para no perderse. Así que por ese lado estoy perdida, por más que hago mil señas no consigo que levante la vista y advierta que algo se mueve afuera. Cuando estoy a punto de golpear el vidrio, veo, desconcertada, que el audífono de la abuela está sobre la mesa, y concluyo que se lo debe haber quitado para limpiarlo o algo así. No, no, no puede ser, igual lo intento, trato de hacer barullo para lograr que se percate de mí. Inútil, Nada, ni una mueca. Espero un poco, ya anochece, vuelvo a intentar pero es en vano, no me escucha.

Bajo de mi improvisado escalón descorazonada, ya no quedan ventanas en la casa, es desesperante ver que se hace de noche y estoy todavía sin poder entrar. Corro hasta la calle, en realidad no tiene ningún sentido, no es un lugar transitado, nadie pasa por ahí, pero es un intento desesperado. Escucho los pájaros regalando al aire sus últimos gorjeos como despidiéndose de la tarde para volver al nido, es muy tarde. La sola idea de esos animalitos que tienen modo de volver a sus casas me acongoja, ¿cómo no puedo hacerlo yo?, soy una nena, tengo una casa, una familia… Ese pensamiento me impulsa a correr y salgo como loca, volviendo a intentar todo desde el principio. Y ahí está, reluciente, con su mirilla y aldaba de bronce, la puerta de madera que me fue esquiva en mi primer intento. ¿Cómo es que antes no la vi?, me siento tonta, ahí está. Llego agitada pero feliz, simplemente giro el picaporte que no me ofrece resistencia, la puerta se abre. Silencio. Vacío. Oscuridad. No hay nadie.

viernes, 13 de junio de 2008

Consigna ritmo

Mi agua


Soy toda agua, líquida.

Fluidamente lánguida, soy toda agua.

Caigo, caigo, me derramo.

Como una “guagüita”, siempre.

Vida como río, soy toda agua.

Mi vida como lágrima, soy toda agua.

Mi vida como orgasmo, soy toda agua.


Cae, caigo, fría.

Baño de mar.

Soy toda agua.

Consigna ritmo

Tierra: Ceremonia de la Pachamama

Gracias pacha, madre tierra.

Madre de sagrada chacana.

Madre celebrada, violada.

Madre tierra.

Tiembla, ama, mata, ata, seca.

Madre tierra, madre vida.

Salva, calma, mata, mama.

Madre devastada.